Con quince o dieciséis años leí "Diario de un cazador" de Miguel Delibes. Recuerdo que me gustó mucho, lo devoré. Mi padre, que habría cumplido ya 65 años, había cazado durante algún tiempo; de hecho tengo vagos recuerdos de muy niño en los que llega a casa después de haber estado de caza con amigos.
El libro me gustó tantísimo que le pedía mi padre que me llevase de caza. Al final nunca fuimos, pero durante un tiempo viví con la ilusión de recorrer el campo con mi escopeta "bajando" perdices que me saltasen al vuelo y cobrando conejos que mi perro me traería obediente.
Cuento todo esto porque hace poco he terminado de leer "Elogio de las manos" de Jesús Carrasco y, aunque el libro me ha gustado también mucho, la sensación ha sido distinta. Cuando leía de joven libros como el de Delibes, además de disfrutar el rato que pasaba leyendo, nacía en mí la ilusión de hacer aquello que contaban, de vivir en una casa como las que vivían los protagonistas o de llevar, al fin y al cabo, una vida de personaje de novela. Ahora terminas el libro y piensas que muchas de las cosas de la vida (novia, hijos, trabajo...) ya las tienes hechas y te limitas a leer lo que pasa en las novelas, lo que hacen los personajes, sabiendo que (¡ay!) tu novela ya tiene escritos muchos capítulos.
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