Han pasado casi cinco años desde mi última nota en este diario (diario es una osadía, por supuesto). Tratar de resumir todo este tiempo, además de trabajoso, resulta estúpido. Baste con decir que mi hija mayor tenía once años en aquel momento (estaba terminando su infancia) y hoy, cerca ya de los diecisiete, empieza a vislumbrar un paisaje llamado madurez.
Bendito sea Dios que nos da el tiempo, ese que vuela, para amarlo y tratar de acercarnos a él.
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